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Las locuras de Raúl

Un viaje a una UGEL de los Andes para entender qué sostiene de verdad el cambio educativo — y por qué casi nunca está donde lo buscamos.

Roberto Barrientos Mollo ·

Con el equipo de la UGEL Yungay —Raúl Camones, Williams Moreno y José Melgarejo— en el II Intercambio de Buenas Prácticas de Gestión Educativa. Trujillo, junio de 2026.

El 31 de mayo de 1970, a media tarde, un terremoto desprendió del Huascarán una avalancha de hielo y roca que bajó por la quebrada y sepultó la ciudad de Yungay en cuestión de minutos. Murió casi todo el pueblo. Se salvaron unos pocos: los que alcanzaron a correr hasta el cementerio en lo alto, sobre una colina coronada por una estatua de Cristo, y un puñado de niños que esa tarde estaban en un circo instalado en una loma de las afueras. Donde estuvo la ciudad hay hoy un campo de rosas y palmeras. Debajo, sepultados, una plaza, una iglesia, un pueblo entero. Yungay no se rindió: volvió a levantarse unos kilómetros más al norte.

Lo cuento porque no se entiende lo que ocurre hoy en las escuelas de Yungay sin saber que este es un lugar que ya enterró a casi toda su gente y, aun así, eligió volver a empezar. Yungay sabe, como pocos lugares en el Perú, lo que cuesta reconstruirse. Y lo que voy a contar es, a su manera, otra historia de reconstrucción: la de un puñado de maestros que decidieron que la educación de su provincia también podía volver a nacer.

Empecemos por un libro. Hay uno circulando por las escuelas de la provincia. Se titula Aventuras con cuyes. No lo escribió un autor famoso. Lo escribieron niños de una escuela rural, y los cuentos tratan de lo único que esos niños conocen de sobra: la chacra, las ruinas, la papa que se siembra en agosto y, por supuesto, los cuyes. Una maestra, Luz Vergaray, recogió esas historias, las convirtió en libro y empezó a repartirlo, gratis, por casi todos los colegios de su provincia. Cuando me contaron esto, lo primero que pensé no fue pedagógico. Fue una imagen: una niña de zona rural, en un aula de una sola habitación, sosteniendo un libro que ella ayudó a escribir.

Lo segundo que pensé sí fue una pregunta. En 2019, Luz Vergaray era la única maestra de toda la UGEL Yungay que hacía algo disruptivo conocido por todos. Una, entre cientos. Para 2025, las escuelas que innovaban en esa misma jurisdicción eran setenta y tres. ¿Cómo se pasa de una a setenta y tres sin un presupuesto extraordinario, sin una reforma nacional, sin un ministro que lo ordene? Esa pregunta me llevó, en una videollamada de una hora, hasta un hombre que probablemente usted no conoce y que sostiene, casi sin saberlo, una de las historias de gestión pública más interesantes.

El especialista que no era especialista

Se llama Williams Moreno. Lleva nueve años como especialista de Educación Primaria en la UGEL Yungay. Conviene decir lo que él mismo dice de su propio cargo, porque ahí empieza lo notable: él no es especialista de innovación. Tampoco, en rigor, especialista de primaria a tiempo completo. Tiene, como todos en una UGEL peruana, una carga de trabajo que lo desborda: visitas a instituciones a cinco o seis horas de camino, informes, comisiones, monitoreos, la maquinaria administrativa que no descansa. La innovación de toda una provincia se sostuvo, durante años, en los márgenes del tiempo de un hombre que, sobre el papel, tenía otra cosa que hacer.

Esto importa más de lo que parece. Cada vez que una UGEL del país explica por qué no innova, la respuesta es la misma: no tenemos presupuesto, no tenemos un especialista dedicado, no tenemos las condiciones*. Williams desarma esa coartada con su sola biografía. No tenía nada de eso. Tenía una convicción y un método. Y el método, como suele ocurrir, no lo inventó solo.

El que rompía las reglas

En 2017 llegó a la jefatura un hombre llamado Raúl Camones. Los que trabajaban con él lo recuerdan con una mezcla de cariño y vértigo. Le decían, medio en broma, que tenía locuras. Las locuras de Raúl. Proponía cosas que no estaban en ninguna directiva, que nadie había hecho antes en la provincia, que obligaban a salir del guion. Williams lo cuenta sin floritura:

«Sus locuras me gustaban, porque era propositivo. Te daba cosas para salir de lo que siempre hacemos como especialista.»

Hay una literatura entera detrás de esa frase, aunque Williams no la cite. Jeffrey Pfeffer y Robert Sutton, desde Stanford, llevan años sosteniendo que las organizaciones que aprenden son las que toleran que alguien rompa el statu quo. Otro experto en cambio Lyle Kirtman, estudiando a los directores escolares más eficaces de Estados Unidos, encontró que la primera de sus competencias —la primera— es exactamente esa: desafiar las reglas cuando las reglas estorban. Michael Fullan lo dice con otras palabras desde hace décadas. Lo que en Yungay llamaban, con ternura provinciana, «las locuras de Raúl», la teoría del cambio lo llama liderazgo. La diferencia es que en Yungay no era una hipótesis de paper: era un hombre de carne y hueso convenciendo a maestros, uno por uno, de que valía la pena intentar algo nuevo.

Las locuras de Raúl tenían método.

La semana pasada en el Encuentro de Buenas Prácticas de Gestión Educativa organizado por el ministerio en Trujillo, me senté a tomar un café con el equipo de Yungay y le pregunté a Raúl, que ya está de jefe en otra UGEL,  de dónde le había salido esa inquietud. Su respuesta me importó más que cualquier marco teórico. Años atrás, cuando se creó el FONDEP —el fondo nacional que financia la innovación educativa para escuelas—, el programa empezó a invitar a especialistas a hacer pasantías: ir a ver, con sus propios ojos, qué estaban haciendo otros en otras provincias. Raúl fue. Y eso, dice, le rompió algo por dentro: dejó de mirarse el ombligo, dejó de creer que su UGEL era todo el mundo. Volvió con la cabeza llena de lo que había visto y lo sembró en casa. (Años más tarde, Raúl pasaría también por un programa que yo coordinaba; el ecosistema, cuando funciona, se alimenta a sí mismo.) A veces la innovación no empieza con una gran idea, sino con algo más humilde: alguien que se atreve a asomarse a la ventana del vecino.

A la fuerza no entra

El método se reveló en un episodio pequeño y, para mí, decisivo. En 2020, cuando ya tenían a Luz Vergaray como su primera ganadora de un concurso nacional de innovación del FONDEP, Williams fue a buscarla para el siguiente año. Luz le dijo que no podía: tenía demasiada carga, ese año no iba a presentar nada. Williams no insistió. No la presionó, no invocó la autoridad de la UGEL, no la hizo sentir culpable. Simplemente fue a buscar a otro maestro. Encontró a César Ropón. Y cuando, al año siguiente, los dos coincidieron en que tampoco podían, Raúl no se enojó: dijo que entonces buscarían a docentes jóvenes, con ganas, y que ellos los acompañarían.

Visto rápido, parece resignación. Visto despacio, es una estrategia. Williams lo formula así:

«A la fuerza no va a entrar. Tiene que ser de manera voluntaria. Si no, mejor lo vamos madurando para el siguiente año. No le exijo. Busco otra institución.»

Aquí hay una herejía silenciosa contra el modo en que solemos gobernar la educación peruana. El reflejo del sistema, cuando quiere que algo ocurra, es la directiva nacional de cumplimiento obligatorio: una norma que baja de Lima, que todos deben acatar, que se monitorea y se presiona. Yungay hizo lo contrario. No obligó a nadie. Invitó. Y cuando el invitado no quería, no rogaba ni amenazaba: cambiaba de puerta. El resultado de esa paciencia tozuda fue que la innovación, en vez de imponerse como un trámite más, se contagió como se contagian las cosas que la gente elige. De una escuela a setenta y tres. De una maestra a una cultura.

El jardín que florece distinto

Cuando le pregunté qué tipo de proyectos hacían esas escuelas, esperaba lo de siempre: comprensión lectora, matemática, las dos competencias por las que el Estado mide y se angustia. Había de eso, claro. Pero también había proyectos de ecoturismo, de circuitos turísticos comunitarios, de revistas escolares, de emprendimiento andino. Cada escuela había elegido el problema que le dolía a su comunidad. Williams lo dijo de un modo que me quedó dando vueltas:

«La innovación no es solo de lectura y matemática, sino de la necesidad que ellos han identificado, que nazca a partir de ese contexto.»

Esto es lo que Fullan llama autonomía conectada, y es más sutil de lo que suena. No es soltar a cada escuela para que haga lo que se le ocurra —eso es aislamiento disfrazado de libertad—. Es darle a cada una un marco común y dejar que dentro de ese marco florezca a su manera. Un jardín donde el jardinero no pinta todas las flores del mismo color. La tentación opuesta, la que he visto fracasar tantas veces, es el proyecto que estandariza: el mismo material, la misma secuencia, el mismo libreto para Yungay y para Lima, como si un aula multigrado a cuatro mil metros y un aula urbana fueran el mismo problema. Esos proyectos lucen ordenados en la foto. Rara vez llegan al aula.

Lo que no sale en la ficha

Sería deshonesto contar solo la parte luminosa. Le pregunté a Williams por las dificultades, y me dio dos que no aparecen en ningún informe de buenas prácticas.

La primera es que algunas escuelas se apagan. Williams las llama, con la metáfora agrícola que usan allá, «plantas que se marchitan». Un proyecto florece, gana, se celebra, y luego cambia el equipo directivo, o se va el maestro que lo sostenía, y la planta no vuelve a brotar. No es un sistema perfecto que se replica sin pérdidas. Es un ecosistema real, con su mortalidad, donde unas mueren mientras otras nacen. Que el conjunto haya crecido a setenta y tres no significa que ninguna se haya perdido por el camino.

La segunda dificultad es más íntima, y me costó más escucharla. Williams me confesó que ha pensado en dejarlo. Que ha visto que le entrega más horas al trabajo que a su familia, y que en esos momentos se dice que ya basta. Y luego, cuando ve a un maestro lograr algo que parecía imposible, vuelve. «Me motiva eso», dijo, y lo dijo con la naturalidad de quien no sabe que está describiendo el costo humano de sostener lo público en el Perú. Detrás de cada cifra de la que nos enorgullecemos —de cada 3% que sube a 30%, de cada una que se vuelve setenta y tres— hay alguien que estuvo a punto de irse y se quedó.

Detrás de cada cifra hay alguien que estuvo a punto de irse y se quedó.

El cálculo que nadie hace

Y aquí es donde la historia de Yungay deja de ser una anécdota bonita y se vuelve, me parece, un argumento sobre el país.

El economista César Guadalupe ha contado los ministros de Educación que ha tenido el Perú desde 1975. Son cuarenta y siete. La gestión promedio dura menos de once meses. Mientras escribo esto, vuelve a sonar —tras los resultados de la evaluación nacional— el llamado a declarar una emergencia educativa, como se declaró en 2003, como se declaró en la pandemia. Cada emergencia llegó con anuncios y se diluyó con el siguiente cambio de gabinete. El propio Guadalupe lo resume con una imagen que no se me olvida: el problema del Perú no es que falten políticas educativas, sino que tenemos política porosa, no sostenida. Apostamos a una cosa; llega otro ministro; apuesta a otra; volvemos a empezar.

Ahora hagamos el cálculo que casi nadie hace. Williams Moreno lleva nueve años en su cargo. Conozco a Afranio Agurto, especialista de la UGEL Sullana, en Piura, desde 2017; el año pasado me dijo, con una calma que me dejó pensando, que pensaba jubilarse como especialista, que tenía tres apuestas pedagógicas claras y que las iba a sostener once años más. Nueve más once: veinte años en el mismo cargo, defendiendo las mismas convicciones. Steve Jobs estuvo catorce años al frente de Apple en su segunda etapa. Tim Cook lleva otros catorce. Las empresas más admiradas del planeta deben su éxito a la permanencia de quien las dirige. Y resulta que un especialista de UGEL en los Andes peruanos puede durar más que cualquier CEO de Apple.

Las empresas tienen líderes que duran décadas. El Perú tiene ministros que duran meses. Pero en el piso de abajo, en ese estrato intermedio que casi nunca miramos —los especialistas, los jefes de gestión pedagógica, los directores de UGEL que llevan diez, doce, veinte años— hay una estabilidad que la cúspide no tiene. Esa es la noticia que casi nadie da. El cambio educativo en el Perú no va a venir de arriba, porque la rotación política no lo permite. Va a venir del medio. Yungay es la prueba.

El cambio no viene de los ministros. Viene del medio.

La nota que afina la orquesta

Hay, sin embargo, una advertencia que debo hacerle a mi propio entusiasmo, porque la admiración sin crítica no sirve de nada. Me encanta que Yungay le haya dado libertad a cada escuela. Pero la libertad sin un acuerdo mínimo se vuelve ruido.

Pienso en una orquesta. Antes del primer compás, ocurre algo invisible: el oboe toca una sola nota, el la, y los cien instrumentos se afinan a ella. Cien voces distintas callan y se ponen de acuerdo en una sola frecuencia. Recién después de ese acuerdo empieza la música, y entonces sí cada instrumento despliega su color. Sin esa nota compartida, cien músicos talentosos producen estruendo, no sinfonía.

En educación, ese la ya existe. Está en el currículo nacional, en los desempeños por grado: la descripción precisa de qué debería poder hacer un niño al terminar cuarto de primaria cuando se enfrenta a un texto. Si un niño tiene fiebre, todos sabemos que treinta y siete es normal y treinta y ocho es fiebre, y por eso actuamos sin discutir. En educación, demasiadas veces, ni siquiera nos hemos puesto de acuerdo en dónde está el treinta y ocho. Cada quien lee su propio termómetro, hablamos idiomas distintos y la conversación se vuelve una torre de Babel.

Tengo una hipótesis, y la digo con el cuidado de quien no quiere sonar a oráculo. Llevamos más de una década midiendo a nuestros niños cada año, y los resultados apenas se mueven. Quizá no se muevan porque cada escuela, cada UGEL, cada región está leyendo un termómetro distinto: no nos hemos puesto de acuerdo, en concreto, en qué significa que un niño de cuarto grado lea bien. Y lo notable es que no hace falta inventarlo ni traerlo de Finlandia. Ya está escrito. El propio Ministerio de Educación lo produjo; está en esos desempeños del currículo que casi nadie usa como lo que son. El problema peruano rara vez es que falte la herramienta. El problema es que no la miramos, no la ensamblamos, no la convertimos en el idioma de todos. Valoremos lo que ya tenemos antes de salir a buscar afuera.

Por eso me cuesta sumarme sin más al próximo llamado a la emergencia. Tacna, la región que más ha avanzado del país en lectura, llega apenas a la mitad de sus estudiantes. Si ni siquiera la mejor alcanza a la mayoría, el problema no es de unas cuantas UGEL: es estructural. Y lo estructural no se cura con otra emergencia, sino con algo mucho menos espectacular y mucho más difícil: ponernos de acuerdo, de una vez, en qué estamos midiendo y para qué.

Sembrar agua

Quiero cerrar con algo que aprendí no en un libro de política educativa, sino mirando las montañas.

Hace más de mil años, mucho antes de los incas, las culturas andinas construyeron las amunas: canales de piedra en lo alto de los cerros. En época de lluvia, no dejaban que el agua bajara de golpe. La desviaban hacia la ladera para que se filtrara despacio en la tierra. Esa agua viajaba meses bajo la montaña y reaparecía, en plena sequía, convertida en manantial. Lo llamaban sembrar agua para cosecharla después. Y lo asombroso es que muchas amunas siguen funcionando hoy, mantenidas no por ningún ministerio, sino por las propias comunidades, generación tras generación, mientras arriba caían imperios.

La innovación de Yungay es una amuna. No fue el chaparrón que cae y se va. Fue agua sembrada despacio: una maestra en 2019, una cosecha en 2025. Y la sostuvo el medio — de la UGEL: Carlos, Williams, Neyda José y Katia,  los directores y los maestros jóvenes con ganas—, no la cúspide. Cuando Raúl, el de las locuras, finalmente se fue, la práctica no murió con él. Él mismo lo había previsto. «Dejó sentadas unas bases en nosotros», me dijo Williams; «ya no necesitábamos que alguien nos arreara». Eso es lo más raro y lo más valioso que puede pasarle a una innovación pública en el Perú: sobrevivir a quien la fundó.

Vuelvo, para terminar, a las dos imágenes: la de 1970 y la de ahora. Yungay es un pueblo que quedó sepultado y decidió volver a nacer unos kilómetros más allá. Medio siglo después, en sus aulas, está naciendo otra cosa: la idea terca de que una escuela puede hablar del mundo de sus propios niños. Una niña andina, en un aula de una sola habitación, sostiene un libro que ayudó a escribir, con cuyes adentro. No sabe que detrás de ese libro hay un especialista que estuvo a punto de renunciar, un jefe al que llamaban loco y una maestra que un año dijo «no puedo» y a la que nadie obligó. No sabe que es la cosecha de un agua sembrada hace años, ni que vive en una tierra que ya aprendió, a la fuerza, el arte de reconstruirse. Solo sabe que, por una vez, la escuela habló de su mundo. Y quizá eso —que una niña se reconozca en lo que lee— sea, al final, toda la reforma educativa que valga la pena.


* Conforme al artículo 12 de la Ley de Reforma Magisterial (Ley N.° 29944, 2012), la denominación oficial del cargo es Especialista en Innovación e Investigación. Sin embargo, a la fecha, dicha plaza no ha sido presupuestada ni implementada en las instancias de gestión educativa descentralizada.

PARA PROFUNDIZAR

Las ideas, los autores y las fuentes que aparecen en este artículo, por si quieres ir directo a ellos:

Lyle Kirtman y Michael Fullan — Leadership: Key Competencies for Whole-System Change (en inglés). Las siete competencias del líder que impulsa el cambio sistémico; la primera, cuestionar el statu quo —"las locuras de Raúl"—. https://www.amazon.com/Leadership-Competencies-Whole-system-Education-Productive/dp/1936763524

Jeffrey Pfeffer y Robert Sutton — The Knowing-Doing Gap (en inglés). Por qué las organizaciones no actúan sobre lo que ya saben, y cómo el miedo y la inercia frenan el cambio. https://www.amazon.com/Knowing-Doing-Gap-Companies-Knowledge-Action/dp/1578511240

Michael Fullan y Joanne Quinn — Coherence: The Right Drivers in Action (en inglés). El origen de la idea de autonomía conectada: dar libertad a las escuelas, pero sobre un lenguaje común que las conecte. https://www.amazon.com/Coherence-Drivers-Schools-Districts-Systems/dp/148336495X

Andy Hargreaves y Michael Fullan — Capital profesional. Transformar la enseñanza en cada escuela (en español, Ediciones Morata). La innovación crece cuando el grupo transforma al grupo: capital humano, social y decisorio puestos a circular entre docentes. https://www.amazon.com/-/es/Capital-profesional-Andy-Hargreaves/dp/8471127253

Peter Senge — La quinta disciplina (en español). El clásico del pensamiento sistémico: el cambio educativo no se arregla por partes, se entiende como sistema. Libro de cabecera para todo director de UGEL y DRE. https://www.amazon.com/Quinta-Disciplina-Pr%C3%A1ctica-Organizaci%C3%B3n-Aprendizaje/dp/9506419884

Donella Meadows — Pensar en sistemas. Un manual de iniciación (en español). La puerta de entrada más clara al pensamiento sistémico: dónde están los puntos de palanca que de verdad mueven un sistema. https://www.amazon.com/Pensar-en-sistemas-manual-iniciaci%C3%B3n/dp/8412497783

César Guadalupe — Política educativa en el Perú: del consenso por defecto al vacío y la deriva (artículo, en español, acceso libre). La fuente del dato: 47 ministros de Educación desde 1975 y la tesis de la discontinuidad como raíz del problema. https://ciup.up.edu.pe/analisis/cesar-guadalupe-politica-educativa-en-el-peru-del-consenso-por-defecto-al-vacio-y-la-deriva/

NOTAS

Las palabras de Williams Moreno, especialista de Educación Primaria de la UGEL Yungay, y de Raúl Camones, su antiguo jefe —hoy a cargo de la UGEL Aija—, provienen de una conversación y un encuentro sostenidos en mayo de 2026, en el marco del intercambio de buenas prácticas de la DIFOCA-MINEDU. La práctica «Innovación: escuelas que transforman vidas» fue finalista de ese certamen. Las cifras —de una a setenta y tres escuelas innovadoras entre 2019 y 2025— provienen de la propia ficha de la práctica. El FONDEP es el Fondo Nacional de Desarrollo de la Educación Peruana.

Las amunas que cierran este texto recogen una práctica hidráulica prehispánica aún viva en comunidades de la sierra peruana. El aluvión que sepultó la antigua ciudad de Yungay ocurrió el 31 de mayo de 1970; donde estuvo la ciudad está hoy el Campo Santo, memorial nacional. Los marcos conceptuales y las fuentes citadas se detallan en "Para profundizar".


Comentarios

Alicia Huallpa caceres dijo…
Leer este artículo, despierta el espíritu inquieto que como maestra y directora debemos tender a cultivar, es lo que nos mantiene listos para aportar siempre, aquello que es como una semilla lista para ser sembrada y mantenida con el “amuna”☺️

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