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La bisagra es el corazón del sistema

 Tercera y última entrega de la bitácora del CILME 2026. JJ Brunner nos trajo el mapa; Axel Rivas, una bisagra. El cierre del congreso me dejó la pieza que faltaba: esa bisagra, vista de cerca, late.


Por Roberto Barrientos Mollo


Hubo un momento del congreso que vale toda una tesis, y ocurrió casi al pasar. En el espacio de presentación de libros —tres, cuatro minutos por autor, apenas el tiempo de un café— la investigadora argentina Claudia Romero, de la Universidad Torcuato Di Tella, presentó su libro más reciente: Liderazgo educativo para mejorar las escuelas. Y entonces dijo algo que me dejó pensando el resto del viaje. En su tierra, contó, liderazgo es una mala palabra. Se la lee con sospecha: suena a eficientismo, a gerencialismo, a agenda empresarial colándose en la educación por la puerta de atrás, a recetario del Banco Mundial. 


Me quedé con la imagen porque es exactamente el problema. No el único, pero sí el más silencioso. Porque mientras discutimos qué tipo de liderazgo necesitamos, en buena parte de América Latina ni siquiera nos dejan empezar la conversación: el concepto llega contaminado, y un prejuicio ideológico clausura el debate antes de que arranque. Un campo de estudio no puede madurar si su palabra central se vive como caballo de Troya.


Y sin embargo, el mismo congreso dio la mejor noticia posible sobre ese campo.

Ya tenemos campo

En el cierre del CILME, José Weinstein —una de las voces de mayor autoridad en liderazgo educativo de la región— hizo un balance que, dicho por él, pesa: ahora sí podemos afirmar que existe un campo de estudio del liderazgo educativo iberoamericano como tal. No una colección dispersa de papers ni la importación de modas del Norte, sino un campo con cuerpo propio, con preguntas propias, con comunidad.


Quien haya seguido esta historia desde adentro sabe que esa frase no es retórica. Yo la escuché con una mezcla rara de orgullo y memoria. A principios del 2010, cuando empecé a construir un modelo de formación directiva en el Perú, no encontraba con quién dialogar en la región: mis referentes eran Kennet Leithwood, David Hopkins, Michael Fullan, Andy Hargreaves —todos del mundo anglosajón—. Fue un grupo de chilenos, desde Fundación Chile, el que tradujo, trajo y aclimató esas ideas a nuestro contexto: José Weinstein, Gonzalo Muñoz, Mario Uribe, Sergio Garay. Los conocí hacia 2010 y fueron, durante años, mis pares de conversación, el interlocutor latinoamericano que me faltaba.


Lo notable es la inversión que se completó en Santiago: aquellos que importaron a los referentes son hoy, ellos mismos, los referentes. El campo creció hasta poder mirarse al espejo y reconocerse. Esa madurez es real y es un logro de toda una generación.


Pero —y aquí entra la grieta que solo se ve desde el terreno— un campo de estudio puede existir y no haber cambiado todavía una sola aula. Que exista la teoría no significa que sepamos escalarla. El CILME demostró que el campo existe; lo que el campo aún no demuestra del todo es que sabe llegar, sostenido, a las mil escuelas de un territorio. Y ahí, en ese hueco entre el saber y el escalar, es donde trabajamos quienes gestionamos el cambio, no solo lo estudiamos. Nos necesitamos mutuamente.  La academia y la implementación son patas de una misma mesa. 

La convergencia: el nivel intermedio

Lo interesante es que las tres voces que más me marcaron en el congreso —Weinstein, Romero, y de fondo toda la Mesa 23 que me tocó moderar— apuntan, sin habérselo propuesto, al mismo lugar. Romero lo dice con todas sus letras en la síntesis de su libro: para que cada escuela se vuelva una buena escuela, importan el liderazgo directivo, los liderazgos intermedios y el liderazgo de cada docente, porque la mejora escolar no se decreta: se construye en cada comunidad educativa. 


Y a esa convergencia el clásico vivo del campo le puso, hace poco, una imagen que vale por mil diapositivas. En Leadership From the Middle Andy Hargreaves recurre a Metrópolis, la película muda de Fritz Lang de 1927, que vio restaurada en Berlín. En esa sociedad de clases brutal, la injusticia no se resuelve por una fuga individual ni por una insurrección colectiva, sino por un mediador: el corazón que une las manos y la cabeza. "El mediador entre la cabeza y las manos debe ser el corazón", dice uno de los protagonistas. Hargreaves la traslada al sistema educativo sin esfuerzo: la cabeza es la política, el ministerio, lo que ve lejos y planifica; las manos —y los pies— son el aula, el docente, lo que pisa el terreno y sostiene; y el corazón es el nivel intermedio, lo que enlaza y, sobre todo, lo que hace querer partir. La cabeza muestra adónde ir, dice; los pies nos llevan; el corazón nos da el impulso.


Aquí Hargreaves hace una distinción que conviene anotar: liderar desde el medio no es lo mismo que liderar en el medio. El que lidera en el medio es una capa intermedia que conecta la base con la cima —un transmisor de mandatos—. El que lidera desde el medio es un centro que conduce: no traslada órdenes, alienta el alma del liderazgo en su núcleo. Es la diferencia entre una correa de transmisión y un corazón.


Y esto refuta, mejor que cualquier argumento mío, el prejuicio que reportaba Romero. Hargreaves es explícito: el nivel intermedio no es una jerarquía mecánica de implementación cuya función sea hacer que un sistema obsoleto funcione de manera más eficiente. Es lo contrario del eficientismo. Es el corazón palpitante de la transformación educativa. Si en nuestra región liderazgo se lee como gerencialismo en algunos países, basta leer al propio Hargreaves para ver que lo que propone es exactamente lo opuesto: vínculo, no control.

La bisagra, de cerca, late

En las dos entregas anteriores de esta bitácora llamé a este nivel —las UGEL, las direcciones regionales— la bisagra: el eslabón más subestimado del cambio educativo en América Latina, el que no es ni el ministerio (demasiado lejos) ni la escuela aislada (demasiado sola). Sigo creyendo en esa imagen. Pero el congreso me obligó a mirarla más de cerca, y de cerca una bisagra no solo une dos hojas: late. Lo que escala una metodología de un aula afortunada a mil aulas no es un mecanismo administrativo. Es un vínculo: alguien que ya ama algo invitando a otro a amarlo. De eso, precisamente, traté de hablar en mi propia ponencia: la Relación Tutora, el Aprendizaje entre Pares en Lima Sur, como el mecanismo concreto que escala. La bisagra mueve la puerta; el corazón hace que alguien quiera cruzarla. Son la misma pieza vista por sus dos caras: la mecánica y la viva.

La tarea para la casa

Por eso el CILME, para mí, no terminó con el aplauso final. Terminó con un encargo. Con los colegas peruanos quedamos en algo —todavía ideas en camino, pero ya apuntadas—: sistematizar el estado del arte del liderazgo educativo en el Perú, incluyendo de manera explícita a los directivos y a los órganos intermedios. No como un acto académico más, sino como lo que el campo necesita para pasar del estudio a la escala.


Porque si algo quedó claro es que esta variable —el liderazgo del medio— pide a gritos que sigamos apostando por ella, y que lo hagamos en serio. Hace falta más: más estudios, más evidencia empírica, más casos documentados de implementación en política pública. Y hace falta entrar en las dimensiones técnicas que solemos esquivar porque suenan a gestión y no a pedagogía: cómo se recluta, cómo se induce, cómo se forma, cómo se evalúa y cómo se hace la sucesión de los equipos directivos escolares y de los funcionarios del nivel medio. No es burocracia: es unir lo que el sistema mecánico separó —la cabeza que concibe y las manos que ejecutan—, tal como Hargreaves muestra que ocurrió en Finlandia, donde currículo y pedagogía se desarrollaron a la vez, sin un plan pensado arriba para ser obedecido abajo.


Tenemos mucho por hacer, en el Perú y en toda América Latina, en los dos campos a la vez: el del estudio y el de la implementación. Que la palabra liderazgo deje de pedir permiso. Que el nivel intermedio deje de ser invisible. Y que la bisagra que mantiene unida la puerta del sistema sea reconocida por lo que de verdad es.


Gracias, José, Gonzalo, y a todas y todos los convencidos de que la educación se cambia con una mirada sistémica y desde un liderazgo sistémico. La bisagra es un corazón. Y un corazón, cuando late, mueve algo.


Hasta el próximo CILME, en 2028, en España.



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