Leer para crecer

Parte del cambio educativo pasa por mejorar nuestro sistema de bibliotecas. Un interesante artículo de Patricia, escrito hace unos años. Pero aún actual en muchas regiones.

Leer para crecer

Patricia McLauchlan de Arregui

El Comercio, 20/12/2003

“¿No podría darse incentivos a los docentes para que permanezcan en el verano en las localidades rurales donde es necesario reforzar el aprendizaje?”

Los ciudadanos y gobernantes de muchos países desarrollados y en desarrollo están convencidos de que para impulsar su crecimiento económico, para fortalecer tanto su identidad nacional como su integración global, y lograr una mejor calidad de vida para todos sus ciudadanos, tienen que reforzar sus estrategias educativas y asegurarse de que todos sus niños y jóvenes desarrollen capacidades fundamentales en razonamiento matemático y científico y, sobre todo, en comprensión lectora.

Lo recordé especialmente cuando visité la Biblioteca Municipal de Ccapi, Paruro, que atiende de lunes a viernes, de una a cinco. La luz de la tarde entraba sólo por la puerta, pues no hay ventanas ni electricidad. Mientras intentaba captar qué material había, adelantó compungidamente el empleado municipal que con entusiasmo funge de bibliotecario: “Faltan actualizados”. Una enciclopedia Lexus y algunas viejas enciclopedias escolares, guías agropecuarias, un par de tomos de historia y una edición popular de “Comentarios reales”. Se añaden libros juveniles de preguntas y respuestas y cuatro ejemplares del primer y último número de una interesante revista local publicada en 1997 por el actual director de la escuela primaria. No más de una docena de libros infantiles. No hay libros de cuentos, poemas ni fábulas; ni siquiera historietas.

Entró Noemí, maestra ya largos años en Ccapi. “¿Algo nuevo?”, pregunta casi desesperanzada. Luego Margot, de 13 años, que venía a cumplir tareas: escribir un Padrenuestro -- recibió un folleto del cual copiarlo – y un Avemaría. A falta de modelo, esperaría que regresara de la chacra su hermana y se lo dictara.

Margot lee y se comunica bien en castellano, que no es su lengua materna. Puede resumir y reflexionar sobre un episodio del evangelio luego de leerlo. Pero casi no tiene otras cosas para leer. Los niños de Ccapi, como la biblioteca, no poseen cuentos. No hay un solo libro en quechua en los estantes, aunque en la escuela muchos niños de primer grado sí se expresan en ambas lenguas con soltura y leen orgullosamente frases en quechua que ellos antes dictaron a Hilda, su maestra. Los únicos diarios que llegan al pueblo son los que dejan a su paso ocasionales viajeros.

Hay aproximadamente 2000 bibliotecas públicas en el país. ¿No deberían ser ellas espacios principales para los programas de emergencia anunciados por el Ejecutivo? ¿No debería repletarse sus estantes y capacitarse rápidamente su personal y otros voluntarios para que desarrollen iniciativas no sólo dentro de sus muros, sino en las comunidades aledañas durante las largas vacaciones escolares? ¿No podría darse incentivos a los docentes para que permanezcan por lo menos parte del verano en esas localidades rurales donde es más necesario reforzar el aprendizaje, fomentando la lectura para el gozo y la recreación?