Lo que una UGEL en medio de la selva puede enseñarle a todo el sistema educativo peruan
Para llegar de la capital de Atalaya al Gran Pajonal tienes que viajar entre 6 y 10 horas, dependiendo de si es verano o invierno. La carretera es pésima. Cuando llegas, no hay red eléctrica convencional en muchas escuelas. No hay señal de celular estable. Y el especialista pedagógico de la UGEL, con suerte, va a poder visitar esa escuela una vez al año.
Ese es el escenario. Ahora imagínate que te digo que esa misma UGEL lleva tres años consecutivos ganando el primer lugar nacional en el Concurso de Buenas Prácticas de Gestión Educativa del MINEDU. Que ya tiene 80 antenas Starlink compradas con su propio presupuesto. Que desarrolló su propio software de gestión con código fuente propio, sin depender de ningún proveedor externo. Y que pasó de tener apenas el 25% de sus escuelas reportando asistencia a un 70%.
Eso es la UGEL Atalaya. Y lo que están haciendo tiene lecciones concretas para cualquier UGEL rural del Perú.
Tuve la oportunidad de conversar con Maribel Agapito Guevara, directora de la UGEL, y con el ingeniero Fernando Meléndez, administrador, pocas horas antes de presentar el caso en el webinar de la Comunidad de Práctica de Gestión Educativa (COP) organizado por la DIFOCA del MINEDU. Lo que descubrí va mucho más allá de un aplicativo tecnológico. Es un modelo de gestión territorial que merece ser estudiado a fondo.
Lección 1: No empieces por la tecnología. Empieza por acercar el Estado.
La primera buena práctica de Atalaya no fue digital. Fue descentralizar la propia UGEL.
En 2022 crearon oficinas de coordinación en los distritos más alejados: Oventeni, Sepahua, Tahuanía. En cada una instalaron un coordinador local, mesa de partes virtual, un escáner, y personal administrativo. Antes, un director del Gran Pajonal tenía que viajar 10 horas solo para presentar un documento. Hoy lo hace en su propio territorio.
¿Por qué esto importa? Porque si no resuelves la distancia burocrática primero, cualquier innovación posterior se construye sobre arena. El director que pierde dos días viajando para un trámite es un director que no está gestionando su escuela. La tecnología no sustituye la presencia del Estado. La facilita.
Pregunta para tu UGEL: ¿Cuántas horas pierde un director de zona rural viajando a tu sede para hacer un trámite que podría resolverse localmente?
Lección 2: Cada innovación debe montarse sobre la anterior.
Lo que más me impresionó de Atalaya es que no hicieron una innovación aislada. Construyeron un ecosistema donde cada capa habilita la siguiente:
2022 — Descentralización administrativa. Resultado: el Estado llega al territorio.
2023 — Sistema de georreferenciación para distribución de materiales educativos. Resultado: la entrega oportuna sube del 30% al 80% en toda la provincia.
2025 — Sistema de georreferenciación de asistencia docente. Resultado: la tasa de reporte de asistencia sube del 25% al 70% en las escuelas focalizadas.
2026 — Expansión al distrito de Sepahua (90 escuelas más), reconocimiento facial para verificar identidad, y diagnóstico de necesidades formativas docentes.
Son dos aplicativos distintos que resuelven problemas distintos, pero comparten la misma infraestructura de conectividad y la misma lógica de gestión basada en datos. La distribución de materiales necesitaba saber dónde estaban las escuelas. La asistencia docente necesitaba saber si había alguien en la escuela para recibir esos materiales. Y el siguiente paso — la mejora pedagógica — necesitará saber qué pasa dentro de esas aulas que ahora sí tienen docente presente y materiales en la mesa.
En mi modelo de las 7T del Liderazgo Transformador, esto es Tracción (T5): no intentar hacer todo en un año, sino tener un plan plurianual donde cada logro alimenta el siguiente. No quemaron etapas. Construyeron escalera.
Pregunta para tu UGEL: ¿Tu buena práctica de este año se monta sobre algo que construiste antes? ¿O es un proyecto aislado que morirá cuando cambie el director?
Lección 3: Si no resuelves la energía y la conectividad, el software es papel mojado.
Aquí es donde muchas UGELs fracasan. Compran un software bonito en Lima y lo llevan a escuelas donde no hay luz. En Atalaya resolvieron eso de manera brillante.
Cada tableta entregada a los directores viene acompañada de un cargador solar portátil. En el piloto de Oventeni, las 88 escuelas recibieron ambos. Ahora que se expanden a Sepahua, las 90 escuelas adicionales recibirán lo mismo. Además, con recursos propios de la UGEL — usando el dinero de cumplimiento de Compromisos de Desempeño (CdD) y notas modificatorias internas — han comprado 80 antenas Starlink. Este año suman 23 más. Ellos pagan la adquisición y el servicio mensual.
Cuando le pregunté a Fernando Meléndez de dónde sale el presupuesto, fue directo: no reciben partida específica para equipamiento tecnológico en el PIA. Lo hacen redirigiendo recursos. Y su siguiente movimiento estratégico es visibilizar el gasto anual para que MINEDU, la DRE y el Gobierno Regional amplíen las partidas.
Esto importa porque la red dorsal de fibra óptica — esa que se prometió hace más de una década — aún no llega a buena parte del país. Si esperamos que el Estado central resuelva la conectividad, las escuelas de la Amazonía seguirán esperando otros 10 años. Atalaya decidió salir al encuentro de soluciones propias. Esa es la mentalidad que distingue a las UGELs que avanzan de las que se resignan.
Además, el software del aplicativo de asistencia fue adquirido con código fuente completo: tanto la versión web como la APP móvil. Eso significa que nadie les va a decir en dos años "devuélveme mi sistema". Es suyo. Para siempre. Y funciona offline: si no hay señal, el registro se guarda en la tableta y se sincroniza automáticamente cuando detecta conectividad.
Pregunta para tu UGEL: ¿Estás comprando soluciones tecnológicas que funcionan sin internet y sin electricidad? ¿O asumes que tus escuelas rurales tienen las mismas condiciones que una oficina en la ciudad?
Lección 4: El aliado municipal no es un lujo. Es una necesidad.
La Municipalidad Provincial de Atalaya financió el desarrollo del aplicativo de georreferenciación de asistencia. La UGEL puso la visión, el conocimiento del problema y el equipo técnico. La municipalidad puso recursos para el software. Después, la UGEL asumió el equipamiento y la operación.
Ese convenio interinstitucional (Convenio 021-2025-MPA-UGELA) no es un acto protocolar. Es un modelo de gobernanza territorial donde la educación deja de ser "problema solo del sector educación" y se convierte en un componente del desarrollo humano provincial.
En mi marco de las 7T, esto es Territorio (T7) y Tejido (T4) trabajando juntos: redes y alianzas que amplían la capacidad de acción más allá de lo que una sola institución puede hacer sola.
Pregunta para tu UGEL: ¿Has conversado con tu municipalidad provincial sobre cómo pueden cofinanciar innovaciones educativas? ¿O sigues esperando que todo venga del MINEDU?
Lección 5: El sistema no solo controla. Transforma la gestión pedagógica. (Pero con una advertencia.)
Acá viene lo más sutil del caso Atalaya. El aplicativo de asistencia no es solo un reloj marcador georreferenciado. Funciona así: el director se toma un selfie georreferenciado al ingreso. Luego toma foto a cada docente. Y — aquí está el giro — también le toma foto a la planificación diaria del docente.
Con una sola operación, el sistema verifica tres cosas: presencia del director, presencia del docente, y existencia de planificación de clase. Eso es importante porque, como me dijo Maribel Agapito, en zona rural "muchas veces, al no haber presencia continua de nuestros especialistas, los maestros no planifican". El sistema no reemplaza al especialista, pero sí genera una rendición de cuentas cotidiana que antes no existía.
Y aquí quiero ser sincero, como hermano en el cambio sistémico. Si alguien falta semanas, hay que controlar la llegada. En eso no hay discusión. Pero también hay que preguntarse cómo humanizamos esto un poquito más. A mí me dejó un sabor a novia tóxica: "mándame foto, dónde estás, no te creo". Sé que justos pagan por pecadores, que probablemente un grupo faltó y al final el sistema termina controlando a todos. Sé que no podemos generalizar. Pero hay que ver cómo esta innovación tan buena la complementamos con vínculos sanos de confianza en el profesionalismo de cada docente. Confío en el profesional. Sí, confío en él. Pero al mismo tiempo esa confianza también se gana. Ese balance — entre la rendición de cuentas necesaria y la confianza profesional — es lo que hay que seguir trabajando.
Pregunta para tu UGEL: ¿Tu sistema de monitoreo verifica solo presencia, o también verifica que haya preparación pedagógica? ¿Y está diseñado desde la desconfianza o desde la confianza que se audita?
Lección 6: Las oficinas descentralizadas pueden ser mucho más que ventanillas de trámite.
En la conversación con Maribel descubrí algo que creo que es la semilla más potente de todo el caso, aunque ellos todavía no la han nombrado así.
En las oficinas de coordinación descentralizadas de Atalaya, hay docentes con excedencia que ya están colaborando con otros docentes en planificación colegiada. En Oventeni, una maestra que domina la lengua ashéninka ayuda a planificar a los docentes de su zona. En Tahuanía, un docente shipibo hace lo mismo.
Eso, aunque no lleve ese nombre todavía, es una comunidad de práctica naciente. El par que ayuda al par en su propio territorio y en su propia lengua. Como escribo en mi libro Liderar y Gestionar la Innovación Educativa, recogiendo investigaciones de Ontario y Finlandia: la rendición de cuentas más poderosa no es la del supervisor que llega una vez al año, sino la de los colegas que trabajan codo a codo y se sienten responsables del aprendizaje del otro.
La siguiente frontera: del control de presencia al profesionalismo colaborativo
La UGEL Atalaya resolvió la presencia del docente en la escuela. Resolvió la logística de materiales. Resolvió la distancia burocrática. Tres problemas gigantes, encadenados en cuatro años. La pregunta que sigue, la que ningún sistema de georreferenciación puede responder, es la más simple de todas: presencia para qué.
Los datos que compartió Maribel Agapito sugieren que el problema ya no es la ausencia del docente. Solo el 15% de quienes se presentan a la evaluación de ascenso la aprueban. Hay maestros que llevan quince años contratados y no logran nombrarse porque les falta dominio disciplinar. Muchos docentes de la Amazonía no tienen formación pedagógica, pero sí dominan una lengua originaria, y el sistema los contrata por lo segundo sin poder ofrecerles lo primero. En las pruebas estandarizadas de las regiones de selva, uno de cada diez estudiantes alcanza el nivel esperado. Uno.
Ahora el docente está en el aula. Y ahí empieza el verdadero problema.
La buena noticia es que la infraestructura para dar el salto ya está construida. Cada escuela focalizada tiene una tableta con cámara. Hay ochenta antenas Starlink en la provincia y veintitrés más en camino. Hay oficinas descentralizadas con docentes experimentados que ya colaboran con sus pares. Lo que falta no es equipamiento. Lo que falta es reinterpretar el equipamiento.
Propongo tres capas sucesivas. Cada una resuelve lo que la anterior no puede. Juntas dibujan un modelo de profesionalismo colaborativo que podría escalar a las ciento veinte UGELs del país que enfrentan dispersión geográfica parecida.
Primera capa: el docente se observa a sí mismo
Durante más de una década, el acompañamiento pedagógico fue la apuesta central del sistema educativo peruano para mejorar la práctica docente. Las evaluaciones de impacto mostraron que funcionaba. Pero nunca fue escalable, y no lo será. No hay presupuesto para poner un acompañante al lado de cada maestro de zona rural, y difícilmente lo habrá.
Lo que sí existe, en Atalaya y en cualquier escuela con un teléfono, es la posibilidad de convertir al docente en su propio acompañante. Grabarse quince minutos de clase, verse después, anotar lo que uno hizo y lo que haría distinto la próxima vez. No es una práctica exótica: es lo que hace cualquier atleta profesional, cualquier músico que ensaya, cualquier cirujano que revisa una operación filmada. Lo inusual es que la docencia peruana nunca haya institucionalizado ese gesto.
La tableta que hoy sirve para el selfie de asistencia puede cumplir una segunda función sin costo adicional. Y la antena Starlink que hoy sincroniza el reporte de ingreso puede convertirse, en las tardes, en el canal que permite a ese docente subir su grabación a una carpeta compartida con otros tres colegas de la cuenca. La misma herramienta, dos usos. Uno para la rendición de cuentas administrativa. Otro para la rendición de cuentas profesional.
Segunda capa: los docentes se observan entre pares
La auto-observación tiene un límite. Uno se ve a sí mismo, pero no siempre sabe qué está viendo. Para eso hace falta otra mirada. Y esa es la segunda capa.
Con la infraestructura actual de la UGEL Atalaya, un docente en el Gran Pajonal puede transmitir su clase en vivo y un colega en Sepahua puede observarla en tiempo real. Veinte minutos de clase. Veinte minutos de conversación después. Qué funcionó, qué no, qué harías distinto. La geografía, que durante décadas impuso el aislamiento profesional como destino, deja de ser un obstáculo el día en que hay una antena apuntando al cielo en cada escuela.
En la Pedagogía de la Relación Tutora hay una práctica llamada seminario de confesión y proclama. Un docente se sienta frente al grupo y, durante media hora, cuenta sus fracasos. No los éxitos que ya controla: los intentos que no funcionaron, las decisiones de las que no está seguro, el estudiante con el que no logró avanzar, la madre con la que no pudo dialogar. Después el grupo responde. La condición que hace posible la confesión es el pacto de no juzgar. La condición que hace posible la proclama es el compromiso de volver al aula y probar de nuevo. Es un protocolo sencillo y, aplicado con rigor, transforma la cultura profesional de una escuela.
Lo que propongo para Atalaya es menos ambicioso de lo que suena. No es inventar nada. Es trasladar un protocolo probado —confesión y proclama, más su equivalente anglosajón, las rounds de las escuelas de medicina, instructional rounds— al único espacio donde la soledad profesional del docente puede romperse sin mover a nadie de su comunidad: la pantalla.
La medicina aceptó hace más de un siglo que la calidad clínica depende de discutir casos con colegas. Ningún oncólogo reserva sus casos difíciles para sí mismo. Los lleva al comité, los expone, recibe preguntas incómodas, cambia de criterio cuando hace falta. Nadie llama a eso vigilancia. Se llama práctica profesional. La docencia, por razones que tienen más que ver con la historia del oficio que con su naturaleza, nunca adoptó esa norma. El resultado es lo que Dan Lortie describió en los años setenta y sigue siendo cierto hoy: el aislamiento profesional del docente es el mayor obstáculo estructural a la mejora de la enseñanza.
Tercera capa: la UGEL sostiene la comunidad
Las dos primeras capas —auto-observación y observación entre pares— pueden empezar con un grupo pequeño de docentes motivados. Pero no se sostienen solas. Sin una institución que las proteja, que les reserve tiempo en el calendario, que las incorpore al Plan Anual de Trabajo y les dé reconocimiento formal, mueren cuando pasa la primera ola de entusiasmo. Eso es lo que la UGEL puede hacer, y solo la UGEL.
Las oficinas de coordinación descentralizadas que Atalaya instaló en 2022 ya contienen, sin haberlo buscado, el embrión de lo que vendría. En Oventeni, una maestra de lengua ashéninka ayuda a otros docentes a planificar. En Tahuanía, un docente shipibo hace lo mismo. Son docentes con excedencia que, de manera orgánica, se convirtieron en facilitadores de pares. Lo que empezó como una solución administrativa —acercar trámites al territorio— terminó generando, sin proponérselo, un rol nuevo: el docente formador local, que habla la lengua de la zona y conoce a sus colegas por nombre.
Formalizar ese rol es la tarea. Convertir esas oficinas en centros de aprendizaje profesional permanente, donde los docentes no solo entregan papeles sino que se reúnen cada cierto tiempo para revisar grabaciones de clase, analizar resultados de aprendizaje de sus estudiantes, y planificar en comunidad. No es una idea nueva. Es lo que en mi marco de las 7T llamo Tejido (T4): el grupo que cambia al grupo. No depender del especialista que viaja una vez al año sino construir capacidad local que se queda.
El ingrediente que no puede faltar: la transformación del propio equipo UGEL
Todo lo anterior supone algo que no siempre se cumple: que el equipo de la UGEL que pide a los docentes abrir sus aulas esté dispuesto a hacer lo mismo consigo mismo.
En muchas UGELs del país, y no solo en Atalaya, los especialistas de inicial, primaria y secundaria conviven durante años sin compartir su práctica profesional entre ellos. Celebran juntos los cumpleaños. Trabajan juntos en la logística de los eventos. Pero el trabajo del especialista —sus asistencias técnicas, instrumentos, sus decisiones, sus dudas— rara vez entra al escrutinio de sus propios colegas de otros niveles. Cada nivel es una isla. Y cuando una institución funciona como un archipiélago, no puede pedirles a las escuelas que ella acompaña que se conviertan en continente.
Esa es la T6 del modelo: Transformación Personal. El especialista que retroalimenta al docente tiene que haber sido, primero, retroalimentado por un par. Si yo no me la creo, no convenzo a nadie.
Cierre: de la buena práctica a la próxima
Michael Fullan y Andy Hargreaves distinguen dos tipos de práctica profesional. Best practice es la buena práctica: lo que ya funciona, lo que se puede documentar, premiar, replicar. Next practice es la próxima: lo que todavía no existe en su forma terminada, pero que empieza a hacerse visible en los bordes del sistema. Los sistemas educativos que mejoran, argumentan, son los que trabajan las dos a la vez. Quedarse solo en la buena práctica conduce a refinar lo que ya sabemos hacer. Perseguir solo la próxima, sin raíz en lo que funciona hoy, produce ilusiones.
La UGEL Atalaya tiene una buena práctica. Tres años consecutivos de premios nacionales lo confirman. Pero también tiene, sin haberlo nombrado así todavía, los elementos de una próxima: ochenta antenas Starlink, tabletas con cámara, oficinas descentralizadas, docentes experimentados dispuestos a colaborar con otros. Todo lo que hace falta para construir el primer modelo peruano de profesionalismo colaborativo en zona rural extrema está ahí. Solo falta darle nombre y plan.
Y eso importa más allá de Atalaya. Hay cerca de ciento veinte UGELs en el país que enfrentan condiciones de ruralidad y dispersión comparables. Si Atalaya da el siguiente paso, las demás tendrán un caso real que observar. Una prueba de que la próxima práctica en educación rural peruana no vendrá de Lima ni de una consultoría internacional. Vendrá de una UGEL amazónica que decidió no esperar.
Para llevar a tu próxima reunión de equipo
Seis preguntas que el caso Atalaya le plantea a cualquier UGEL con ruralidad y dispersión:
- ¿Cuánto tiempo pierde un director de zona rural viajando a tu sede para un trámite?
- ¿Tu innovación de este año se monta sobre algo construido antes, o es un proyecto aislado?
- ¿Tu solución tecnológica funciona sin internet y sin electricidad?
- ¿Has articulado con la municipalidad para cofinanciar innovaciones?
- ¿Tu monitoreo está diseñado desde la desconfianza o desde la confianza que se audita?
- ¿Tus docentes tienen algún espacio estructurado para observar la práctica de otros docentes, o cada uno enseña solo y en silencio?
La UGEL Atalaya no tiene más presupuesto que muchas otras UGELs del país. Lo que tiene es una secuencia estratégica donde cada innovación habilita la siguiente, soberanía sobre su propia tecnología, y la convicción de que la innovación no se compra en Lima sino que se construye desde el territorio.
Puedes ver mi intervención completa aquí.

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