El cuento que no escribió ningún niño
Roberto Barrientos Mollo
Abrí el primer fólder con gusto. Me habían invitado como jurado de la etapa de red del Premio Nacional de Narrativa y Ensayo José María Arguedas, y yo siempre llego contento a estos encuentros: estar con mis escuelas, con mis docentes, con mis directores, es de las cosas que más disfruto de mi trabajo. Antes de empezar la revisión hubo café, saludos, conversación. Luego, los fólderes.
Leí el primer cuento. En la tercera línea ya lo sabía.
Esto no lo escribió un niño.
No fue una intuición vaga. Fue el tipo de guion, el tipo de redacción, esa tersura sin fisuras que uno reconoce cuando ha leído miles de textos escolares. Seguí revisando. Cuentos y fábulas de primaria, cuentos y ensayos de secundaria. Luego contrasté mis sospechas con varias herramientas de inteligencia artificial. El diagnóstico se repetía: demasiado sintético, demasiado perfecto. Y aquí quiero ser honesto: ningún detector es infalible, y no pondría las manos al fuego por cada caso individual. Pero ese es precisamente el problema. Basta la duda razonable, sostenida y generalizada, para que un concurso de escritura pierda su sentido.
Entonces hice lo que hago siempre que algo me incomoda: fui criterio por criterio, como jurado que soy.
Adecuación. La IA la logra sin despeinarse. Coherencia y cohesión. Perfectas; ni siquiera hace falta un prompt sofisticado, una instrucción sencilla basta. Ortografía. Impecable, siempre, hasta en las versiones gratuitas. De los criterios con los que evaluamos a nuestros estudiantes, la máquina domina la mayoría con una instrucción de dos líneas.
¿Qué nos queda entonces? ¿Qué estamos premiando realmente?
Huampaní, doce años antes
Esta no era mi primera vez como jurado del Arguedas. La primera fue en 2013, cuando trabajaba como asesor para la implementación del Currículo Nacional en el Ministerio de Educación. Pidieron voluntarios para la etapa nacional y levanté la mano. La final se realizaba en el centro recreacional Huampaní, ese local del Ministerio a orillas del Rímac donde el Estado peruano celebra sus rituales educativos.
Lo que encontré ahí me dio pena, pero una pena distinta a la de ahora.
Llegaban niños y jóvenes de todas las regiones del país. Había financiamiento para que viajaran, y verlos llegar a Lima con sus delegaciones era hermoso. Había, sin duda, trabajos valiosos; siempre los hay. Pero entre los textos que me tocó revisar —textos que habían sobrevivido a la etapa de colegio, a la etapa de red, a la etapa regional— me sorprendió encontrar varios con una pobreza desconcertante. Pobreza de redacción, de gramática, de estructura. ¿Cómo habían llegado hasta la final nacional textos que difícilmente debieron pasar la primera etapa?
Mi hipótesis, que fui comprobando en conversaciones, era simple: el colegio tiene tantas cargas que, faltando un mes para el Arguedas, todos se apuran. El director presiona al profesor, el profesor presiona al estudiante, y el texto sale como sale: un producto de última hora, desconectado de todo lo que la escuela venía haciendo. El concurso no era la culminación de un proceso de escritura. Era un trámite con fecha de vencimiento.
Y aquí está lo que me quita el sueño desde aquella jornada de revisión: lo que vi en 2013 y lo que vi en 2026 me parecen el mismo problema con distinta máscara. En los textos que entonces me tocó revisar, la simulación era pobre; en los de ahora, la simulación es perfecta. Pero sospecho que es el mismo fenómeno: un producto sin proceso, un texto donde cuesta encontrar al niño. La inteligencia artificial no rompió los concursos escolares. Los desnudó.
Siete concursos y el recurso más escaso del sistema
Según la norma técnica vigente (RVM N.° 086-2026-MINEDU), el calendario escolar peruano moviliza siete concursos educativos nacionales: los Juegos Florales Escolares, el Premio Arguedas, la Olimpiada Nacional de Matemática, Crea y Emprende, la feria de ciencias EUREKA, El Perú Lee e Ideas en Acción. Siete certámenes, cada uno con sus etapas de institución educativa, red, UGEL, región y nación. Cada etapa con sus bases, sus fichas, sus actas, sus jurados, sus fólderes impresos.
Ese día, mientras revisaba, observé a los directores de mi red. Habían impreso los fólderes, organizado la logística, destinado su mañana entera a esto. Y pensé en algo que repito hace años: el tiempo es el recurso más escaso del sistema educativo. No el presupuesto. El tiempo. El tiempo de un director es tiempo que no dedica a acompañar a sus docentes; el tiempo de un docente es tiempo que no dedica a proteger el poder de aprender de cada niño. Cada hora del sistema debería rendir cuentas ante una sola pregunta: ¿esto ayuda a que alguien aprenda algo que importa?
Quiero ser claro, porque este punto se presta a malentendidos: el problema no son los fines que estos concursos declaran. Fomentar la creación literaria, el razonamiento matemático, la indagación científica, la participación ciudadana: todo eso está alineado con el Currículo Nacional, que sigue siendo una de las fortalezas de nuestro sistema. El problema es el diseño de los productos que pedimos y la ausencia de una revisión sostenida de esos diseños cuando el mundo cambia. Y el mundo acaba de cambiar de manera brutal.
Las tres R: remover, reducir, reformular
¿Qué hacer? Propongo aplicar de inmediato —y cuando digo de inmediato pienso en agosto, antes de que arranquen las siguientes etapas de los Juegos Florales— un filtro de tres R a cada uno de los siete concursos nacionales.
Remover. Si un certamen evalúa exclusivamente aquello que la IA ya hace de forma perfecta y accesible para cualquiera, ese certamen dejó de medir capacidades humanas. Un concurso de ortografía o de redacción formal, hoy, es un concurso de quién tiene mejor conexión a internet. No hay que tenerle miedo a esta conclusión. Como escribí en El arte de la resta curricular, los sistemas educativos padecen el vicio de sumar sin criterio; nos cuesta enormemente quitar, aunque quitar sea a veces el acto más pedagógico de todos. Si un concurso ya no tiene razón de ser, que desaparezca, aunque tenga ley y presupuesto. Las leyes se modifican; el tiempo de los niños no se recupera.
Reducir. Si un concurso conserva componentes valiosos pero arrastra criterios obsoletos, reduzcámoslo a lo que sí discrimina talento humano. En el caso del Arguedas: adecuación, coherencia, cohesión y ortografía ya no distinguen a un buen escritor escolar de un buen usuario de chatbot. Los criterios que sobreviven son otros: la creatividad, el juicio crítico, la fuerza del mensaje. Ahí sí se asoma la riqueza de un niño. Ahí la máquina todavía imita, pero no origina desde una vida vivida en Ayacucho, en Iquitos o en Villa El Salvador.
Reformular. Esta es la opción que más me entusiasma, y la explico con la metáfora que me acompañó toda esa mañana: la del chef.
Evaluar la cocina, no solo el plato
Cuando un jurado gastronómico serio evalúa a un chef, no prueba únicamente el plato final. Quiere ver los ingredientes, quiere entrar a la cocina, quiere entender las decisiones. El plato puede haberlo emplatado un asistente; la cocina no miente.
Imaginemos un Arguedas reformulado donde el estudiante presenta su cuento acompañado de tres evidencias de proceso: un dibujo o boceto de cómo imaginó su historia, una página de su borrador con las ideas sueltas y los tachones de sus ensayos, y —aquí viene lo interesante— el registro de cómo usó la inteligencia artificial, si la usó. Qué le pidió, qué le devolvió, qué decidió aceptar y qué decidió rechazar.
Lo digo por experiencia propia de esa jornada: en uno de los ensayos de secundaria que revisé se notaba con claridad que el estudiante había pedido a la IA mezclar autores distintos, y la máquina lo había hecho bien. Yo, como jurado, terminé evaluando exactamente eso: sus ingredientes, su cocina y su plato. Y descubrí que disfrutaba la evaluación, porque me pareció asomarme a un pensamiento en profundidad: no puedo saber cuánto puso la máquina y cuánto el estudiante, pero por primera vez en la jornada podía ver decisiones, y las decisiones son la huella de una mente. Un concurso reformulado así no persigue al estudiante que usa IA; le pide mostrar su pensamiento. Convierte la sospecha en transparencia y la transparencia en criterio.
Pensar a capela
En una reunión reciente, mi amigo Antonio Kanashiro regaló una metáfora que no he dejado de rumiar: hoy existen dos modos de pensar, pensar a capela y pensar con IA. Pensar con IA es pensar ampliado, tuneado, potenciado: formular mejores preguntas, orquestar información, diseñar soluciones que antes eran inalcanzables. Pensar a capela es pensar solo, sin acompañamiento: la voz desnuda de la mente frente a un problema.
Un sistema educativo maduro necesita formar ambas capacidades, y necesita saber cuál está evaluando en cada momento. La defensa oral de un ensayo, el debate en vivo, la tutoría entre estudiantes donde uno explica a otro lo que entendió: eso es a capela, y la máquina todavía no lo reemplaza. El diseño de un proyecto que usa grandes datos para resolver un problema del distrito: eso es pensar con IA, y hay que enseñarlo y celebrarlo como tal. Lo que ya no podemos sostener es el terreno pantanoso del medio: productos escritos en soledad supuesta, entregados en un fólder, donde nadie sabe qué voz estamos premiando.
Las tres R más la pregunta de Kanashiro forman, creo, un filtro suficiente para que una mesa técnica revise los siete concursos en semanas, no en años: ¿qué mide este certamen?, ¿lo hace ya la IA de manera perfecta?, ¿qué componente a capela tiene?, ¿qué componente de pensamiento ampliado podría incorporar con honestidad?
La ficción nos va a cobrar la cuenta
Alguien podría decir: son solo concursos escolares, no exageremos. Pero los concursos son la punta visible de un problema que atraviesa todo el sistema, de la libreta de notas a la tesis universitaria. Como argumenté en La ficción de la educación, nuestro sistema es experto en producir regularidades que simulan aprendizaje: notas que suben, actas que se firman, certámenes que se premian, sin que nadie pueda garantizar que detrás hubo un niño pensando. La IA acaba de volver esa ficción infinitamente más barata de producir.
Y la ficción tiene un costo diferido. Porque la realidad —el mundo laboral, la vida ciudadana, los problemas del país— sí va a exigir habilidades reales: síntesis, diálogo, criterio, sabiduría. El estudiante al que dejamos ganar un concurso con un texto que no escribió no ganó nada; le hipotecamos el encuentro con la realidad. La ficción siempre cobra, solo que cobra después, y cobra con intereses.
Por eso esta reflexión termina donde terminan casi todas las mías: en los cuatro fines esenciales de la educación. Formamos personas para que se conozcan a sí mismas, cuiden de otros, mejoren el mundo y aprendan a aprender. Ningún algoritmo hace eso por un niño. Un concurso escolar que merezca existir en 2026 debería poder responder a cuál de esos cuatro fines sirve, y cómo su diseño protege —en lugar de simular— el pensamiento de quien participa.
Volver al fólder
Nadie en el mundo tiene esto resuelto. Ni Estados Unidos ni Finlandia ni Singapur saben todavía cómo evaluar la escritura escolar en la era de la inteligencia artificial; en esto, todos los sistemas educativos del planeta estamos en la línea de partida. Lo cual es, si se piensa bien, una noticia extraordinaria para el Perú: lo que diseñemos aquí puede servir de referencia para nuestros hermanos de la región y el planeta. No hay a quién copiarle. Hay que pensar.
Propongo tres movimientos concretos. Primero, que el sector convoque este mismo semestre una mesa técnica que aplique las tres R a los siete concursos de la RVM 086-2026, con la pregunta de Kanashiro como brújula. Segundo, que el Arguedas 2027 se pilotee reformulado en al menos una región: evaluación de proceso (boceto, borrador, registro de uso de IA) más defensa oral en las etapas finales. Tercero, que cada UGEL y cada red de escuelas —sin esperar la norma— empiece ya a pedir el portafolio de proceso junto al producto, porque nada se lo impide.
Yo volveré a ser jurado cuando me inviten, porque estar con mis escuelas es un privilegio que no pienso perder. Cada docente y cada director son mis héroes personales. Pero quiero que el próximo fólder que abra me cuente otra historia. Quiero encontrar el dibujo torpe y genial de cómo un niño imaginó su cuento, el borrador con tachones, la huella de una mente trabajando. Quiero, al leer la tercera línea, poder decir lo contrario de lo que dije esta vez:
esto lo pensó un niño. Y nadie más pudo haberlo pensado.

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